Federarse

Somos muchas, somos muchos. Somos muchísimos los que pensamos y sentimos que este sistema está fuera de uso. Pero nuestras voces están dispersas, nuestras llamadas separadas, nuestras prácticas fraccionadas. Hasta el punto de que a veces dudamos de nuestras fuerzas, nos entregamos al dolor de la impotencia. Claro que a veces esta difracción tiene su lado bueno, por escapar de la centralización y, por supuesto, de la alineación. Sin embargo necesitamos federarnos. Más que nunca en este momento en que una crisis económica, social y política está empezando a derramar su violencia sin engaño: gigante y brutal. Si esto es una guerra, es una guerra social. Ya, los ataques caen, implacables: chantaje del empleo, restricción de libertades y derechos, mentiras y violencias del Estado, intimidación, represión policial, sobre todo en los barrios populares, vigilancia generalizada, condescendencia de clase, discriminaciones racistas, afrentas a los pobres, a los más vulnerables, a los exiliados. Para una parte creciente de la población, las condiciones de alojamiento, salud, alimentación, incluso a veces sobrevivencia, son catastróficas. Ya es hora de darle la vuelta al estigma contra todas las malas clasificaciones. Lo que es “extremo” son las tremendas desigualdades, que la crisis está profundizando todavía más. Lo que es “extremo”, es esta violencia. En este sistema, nuestras vidas siempre valdrán menos que sus beneficios.


Ya no tememos las palabras para nombrar la realidad que oprime a nuestras sociedades. Durante décadas, “capitalismo” fue una palabra tabú, nombrando una orden sin alternativa, tan evidente como el aire respirado – un aire más y más infectado. Ahora sí medimos que el capitalocena es realmente una era, destructiva y mortífera, una era de daños mortales a la tierra y a lo vivo. Lo que está en juego no reside únicamente en un neoliberalismo que habría que combatir mientras volviéramos a un capitalismo más aceptable, “verde”, social o reformado. Feroz, el capitalismo no puede ser amaestrado, enmendado o bonificado. Así como un vampiro o un agujero negro, lo puede aspirar todo. No tiene moral; solo conoce el egoísmo y la autoridad; no tiene más principio que el del lucro. Esta lógica devastadora es cínica y mortal, así como lo es cualquier productivismo desenfrenado. Federarse, es responder a esta lógica por lo colectivo, demostrarlo por el número y asumir una oposición al capitalismo, sin imaginar ni un instante que con él se podría aceptar un acuerdo.


Pero no somos únicamente, ni primero, “antis”. A pesar de no tener un proyecto llave en mano, somos más y más numerosas y numerosos los que teorizamos, pensamos pero también practicamos alternativas creíbles y tangibles para vidas humanas. Necesitamos ponerlas en común. Esto mismo es lo que une estas experiencias y esperanzas: los bienes comunes basados no en la posesión sino en el uso, la justicia social y la igual dignidad. Los comunes son recursos y bienes, acciones colectivas y formas de vida. Permiten aspirar a una vida buena, cambiando los criterios de referencia: no ya el mercado sino el comparto, no ya la competencia sino la solidaridad, no ya la competición sino lo común. Estas propuestas son sólidas. Ofrecen la concepción de un mundo diferente, despejado de la búsqueda de la ganancia, del tiempo rentable y de las relaciones venales. Más que nunca es necesario y valioso compartirlas, discutirlas y difundirlas.


También sabemos que esto no bastará: somos conscientes de que el poder del capital nunca dejará que se organice tranquilamente una fuerza colectiva que le es contraria. Conocemos la necesidad del enfrentamiento. Cuanto más imperioso es organizarnos, tejar lazos y solidaridades tanto locales como internacionales, y hacer de la auto-organización y de la autonomía de nuestras acciones un principio activo, una colecta paciente y tenaz de fuerzas. Ello supone popularizar todas las formas de democracia verdadera: brigadas de solidaridad tales como se han multiplicado en los barrios populares, asambleas, cooperativas integrales, comités de acción y decisión en nuestros lugares de trabajo y de vida, zonas a defender, comunes libres y municipales, comunidades críticas, socialización de los medios de producción, de los servicios y bienes… Hoy el personal médico llama a un movimiento popular. La perspectiva es tan poderosa como elemental: las y los que trabajan cotidianamente en curar son los que mejor pueden establecer, conjuntamente con los colectivos de usuarios y los pacientes, las necesidades de la salud pública, sin managers ni expertos autoproclamados. La idea es generalizable.


Tenemos legitimidad y capacidad para decidir de nuestras vidas – para decidir de lo que necesitamos: la auto-organización como modo de tomar las riendas de nuestros asuntos. Y la federación como contrapoder.


No tenemos fetichismo del pasado. Pero si recordamos lo que fueron los Federados, los y las que quisieron, realmente, cambiar la vida, darle sentido y fuerza bajo la Comuna de Paris. Sus movimientos, sus culturas, sus convicciones eran diversos, republicanos, marxistas, libertarios y a veces todo ello junto. Pero su valentía era la misma – y su salvación común. Así como ellas y ellos, tenemos divergencias. Pero así como ellas y ellos, frente a la urgencia y su gravedad, podemos sobrepasarlas, dejar de renovar eternos clivajes y hacer común. Una cooperativa de elaboraciones, iniciativas y acciones daría mayor poder a nuestras prácticas compartidas. ¿Coordinación informal o fuerza estructurada? Nos tocará decidirlo. Frente al discurso dominante, tan insidioso como tentacular, necesitamos aliarnos, sino para acallarlo, al menos para combatirlo. Necesitamos federarnos para poner en práctica una alternativa concreta que proporcione esperanza.

En cuanto tengamos reunidas nuestras primeras fuerzas, organizaremos un encuentro del que por supuesto decidiremos conjuntamente las modalidades.
Para juntarse a esta llamada:

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